Palermo. Ciudad sin filtros

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Artyco - Acerbis

La expresión tan de moda de “brutal” es facilona para resumir nuestra incursión en Palermo, pero perfecta.  Muchos de sus sinónimos: feroz, bárbara, inhumana, irracional, bestial… también lo harían siempre que uniéramos a ellos la palabra bella.  Ciudad que se funde en la nómina que todos tenemos de ciudades que amas para siempre o que no volverás a pisar jamás. No hay grises para lugares como Palermo, o te engancha o la odias. A mí me atrapó hasta las entrañas.

Su centro neurálgico es la barroca Piazza Vigliena o Quatro Canti, en honor a los reyes españoles que también lo fueron de aquellas tierras. En ella se unen las dos vías que se deben recorrer para patear como se merece la capital siciliana, la Via Vittorio Emmanuele y Via Maqueda.  Y también desde ella nacen los cuatro barrios más antiguos de la ciudad  en los que se concentran todas las sensaciones, muchas buenas y algunas malas que te regalará Palermo.

Gritos, música, motos y coches circulando en espacios imposibles, olores y colores,  basura sin recoger y una iglesia barroca,  del Carmine Maggiore, sirviendo de decorado abandonado a uno de los mercados más especiales que he visto en mi vida. Mil años para mezclar culturas y pueblos sirven para que en el Mercado de Ballaró te sientas como en Marrakech, el Rastro, Estambul o Chichicastenango y, por supuesto, en Sicilia. Comida en la calle, la que dicen los especialistas que hay que degustar para saber de verdad cómo se cocina en el lugar en el que te encuentras. Solo tienes que recorrer los puestos del mercado para llevarte a la boca lo que ya sabes por las guías que debes probar en Sicilia,  los Arancini, la Caponata , el Cuscús, la pasta alla Norma y a alla Trapanese, el pane cuntazu y hasta el dolce cannolo.  Y casi todo lleva berenjena y ricotta.

El mercado de Ballaró fue nuestro bautizo de Palermo, los primeros pasos en la ciudad sin red  y a pecho descubierto. Huida o dejarse llevar, la decisión la tomé en segundos y fue dejarme atrapar por un torbellino de imágenes, olores y sabores contradictorios que te envuelven en una irrealidad que se traslada a la ciudad.

Palermo es una contradicción, árabes y normandos, Tirreno y cítricos, cuna de la mafia y del arte, de emigrantes y de terratenientes. El Oratorio de los Cuarenta Mártires es un pequeño templo que ni los vecinos a los que pregunté han conocido abierto. Su portada gris, herrumbrosa y olvidada está frente al magnífico convento e iglesia de Sant’Agostino. Elegir entre las dos bellezas fue imposible.

Palermo es la Fontana Pretoria, o Fontana della Vergogna, la desnudez de las deidades ante el puritanismo de una sociedad anclada en la tradición. Palermo es pasear por la “milla de oro” que es la strada Maqueda cruzando la ciudad hasta el Jardín Inglés. Sus teatros, el de la aristocracia, el Massimo, y el del pueblo, el Politeama Garibaldi, los dos separados apenas por medio kilómetro. Extremos que se tocan en una arquitectura sorprendente: la recia y majestuosa Catedral con la mezquita árabo-normanda de San Giovanni degli Eremiti. Oriente y Occidente.

Callejeamos, paseamos, nos perdimos en Palermo, sí. Es obligatorio hacerlo para encontrar palacios que brillan ante la luz del sol y otros que en la sombra parecen estar a minutos de desaparecer. Caminamos entre templos que levantan admiración, la Casa Profesa, antiguo convento jesuita del 700, en la actualidad la Biblioteca de Palermo y otros que por su abandono provocan pena. Incursiones en barrios con edificios bombardeados en la II Guerra Mundial y ahora iconos del arte modernista en la Vucciria, barrio de un mercado venido a menos pero que nos reportó una de las mejores comidas del viaje en su Plaza Caracciolo. Minutos antes, tiempo para una buena birra en la vecina Taverna Azzurra. Turistas y vecinos conviviendo en uno de los lugares más auténticos de Palermo. Como auténtico es comprar pescado fresco en una pescadería tuneada con  las caras de Marlon Brando y de Al Pacino, los dos “Padrinos”. A unos metros te cocinan lo comprado y solo tienes que sentarte y ver Palermo pasar.

Tiendas de alta gama y calles “cañorroteras” simplemente con un giro a izquierda o derecha, el todo y la nada haciendo un conjunto cuasi perfecto.  Palermo es todo esto:

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