Getafe 4-0 Villarreal

Ángeles y demonios

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Hacía más de 20 meses, concretamente desde el 17 de enero de 2016, que el Getafe no ganaba un partido en Primera División en casa. De aquella tarde poco queda, más allá de una de las piruetas del destino: Fran Escribá, de cuyo proyecto acabó el Coliseum bebiendo de Segunda, ocupó en ambos encuentros el mismo banquillo. Da la bendita casualidad, reconocida justicia poética, que la primera victoria local del Geta en su vuelta a la élite ha sido ante el mayor artífice de que haya vuelto por tener que haberse ido. La memoria, además de selectiva, puede convertirse en deliciosa. 

Acaso por ocupar el mismo lugar, se pensaría Escribá que se iba a encontrar lo mismo que dejó al salir del Coliseum, pero no: se encontró con un equipo. Ese equipo, como su recuerdo, vestía de azul y se impuso en aparentemente todo a un Villarreal que, por no incomodar, ni tiró a puerta. Todo el carácter del que adolecían los azulones aquel invierno es el que desprenden en este equinoccio; desde el entrenador hasta la grada es cambio. En el verde, once hambrientos se comen el césped desde el primer al último minuto; cuando dejan de luchar reciben el aplauso de doce mil fieles. Todos a una, el Getafe ha aprovechado la ida y la vuelta para reconvertirse en lo que siempre soñó: un experto en molestar.

Seis jornadas después de comenzar, el Geta ha sorteado el campo de minas inicial perdiendo ante Sevilla y Barcelona, únicamente, y sumando ante el resto. Este 4-0 es producto de todo lo anterior; ayudado por el rival, pero justo premio al compromiso. Se echaban de menos los goles, que tardaron en aparecer porque hasta el descanso se vio lo que ya se había visto. Por fin hay lateral izquierdo; a Djené le queda un partido menos, una exhibición menos, para labrarse un futuro mejor; Arambarri es el pelotero que se necesitaba y Amath continúa con más premio del que merece su aportación: tanto le repele el balón a él como él repele el contacto. La comparación con Portillo, otra vez sin minutos, hace sangrar el glorioso recuerdo. Qué se le va a hacer: en toda buena fiesta encuentra su hueco la melancolía.

Tras bregar, sudar y descansar, llegó el segundo acto con el espectáculo bajo el brazo. El empuje derribó el muro y así acabó el pobre Villarreal arrollado por un furioso Getafe que encontró a su Ángel exterminador. El ariete canario, tres goles en tres días, abrió y cerró la lata con dos cabezazos; apenas 170 centímetros no son impedimento para pasar por encima de sus rivales. Entre medias se acordó el Coliseum, si acaso fuera posible haberlo olvidado, del motivo de su amor por Jorge Molina, que ya alza los brazos en Primera. Markel Bergara se unió a la fiesta para redondear otro trabajo de aúpa con el tercer tanto de la tarde. Y todos, desde el entrenador hasta la grada, disfrutaron de lo que se venían mereciendo. 

El Getafe vuelve a ganar sin miedo, quienes lo sufren vuelven a disfrutarlo. Hay esperas eternas que, una vez acabadas, se observan necesarias; es el final de esa espera lo que lo pone todo en su sitio. Se puede dar por bueno el barbecho si, tras casi dos años sin sembrar, se cosecha así: exhibición y goleada para espantar los demonios del pasado. Este 4-0, además de para sumar los primeros puntos en el Coliseum, sirve para cerrar el círculo Escribá. Y, la verdad, ha quedado redondo.