Getafe 2-1 Real Sociedad

Del revés

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Es el fútbol el que gana cuando el gol llega pronto y se marcha tarde. Lo que determina a una obra está en los extremos; aunque sea la parte central la más importante, la identidad pende del inicio y del final. Así, de una punta a otra, generaron Getafe y Real Sociedad un espectáculo digno de la nobleza que ostenta el mediodía de un domingo. Desde el primer tanto, cinco minutos después de empezar, hasta el último, cinco antes de acabar, el partido fue recorriendo emociones: impotencia, tristeza, enfado y alegría. Y al final llegó el final, que fue como el inicio pero al revés.

Por esto y por más, el encuentro fue completo. Lo hizo suyo la Real, que arrancó a lo grande: poniendo la guinda antes que el pastel. Cinco minutos necesitaron los de Eusebio para abrir el marcador con una gran jugada colectiva que finalizó Oyarzabal. Fue esta la causa de que los donostiarras comenzaran a flotar entre espacios, poniendo música al mutismo, y se dedicaran a jugar con el Getafe durante toda la primera parte. Los de Bordalás fueron privilegiados espectadores de lo bien que trata al fútbol la Real Sociedad, que de buena parece tonta; no se explica si no cómo es capaz de dejar escapar una victoria que se había metido en el bolsillo.

No fue en el primer acto, desde luego, cuando el Geta se pudo siquiera acercar al empate. Todo lo hizo su rival, que quizá por verlo tan fácil se empezó a dejar ir a partir del descanso. Hasta entonces, los getafenses se perdían entre la ausencia de ideas y el desequilibrio táctico: en estático, con Fajr desaparecido y Álvaro vigilado, la solución pasaba por lanzar pelotazos a Molina o entregar balones a Amath; siendo la primera la mejor opción. Así vivió plácidamente una Real que demostró, tanto en la primera como en la segunda parte, de lo que es capaz. Está tan perfectamente capacitada para construir fútbol y victorias como para dejar que el rival le robe tres puntos que había hecho suyos. La cara A le quedó redonda; sus jugadores son tan buenos que hacen que parezca fácil: cosen jugadas y bordan el fútbol. 

La cara B, en cambio, le arruinó el partido. El Getafe salió del intermedio más enchufado, porque menos era complicado. El resto del trabajo corrió a cargo de la languidez de quien cree que con el talento es suficiente; es de justicia cuando el trabajo se impone. Y trabajar implica adaptarse a las circunstancias. Con Guaita salvando atrás y en ataque poco más que Molina luchando en su oasis, la cosa cambió cuando al de Alcoy le pusieron al lado a sus mejores socios: Portillo y Ángel. Fue en el 75, con ellos en el campo, cuando los azulones inquietaron por primera vez a Rulli. Dos minutos después, Portillo convirtió un pelotazo de 60 metros de su portero en una de esas genialidades por las que, uno imagina, es suplente indiscutible. Controlar un balón caído del cielo con ese tacto y colocar una asistencia con esa precisión está al alcance de pocos; la gloria fue para Ángel, que definió de maravilla para instalar el empate. La igualada duró lo que tardó Jorge Molina en bajar otra pelota con nieve para habilitar la entrada en el área de Ángel por el carril central; el canario cayó, el colegiado pitó y el propio Molina cerró lo que había empezado. 

Y así, cuando todo parecía que no, se impuso el sí. Ese cuarto de hora final fue el vendaval del que se sirvió el Getafe para llevarse un partido que dejó ir la Real. Sostenidos por el más grande, fue esa pareja de dos, pequeños pero necesarios, los que revolucionaron y voltearon un partido perdido. Mientras Ángel representa el cambio, Portillo no merece el cartel de revulsivo. Rectificar es de sabios y volverse a equivocar sería de necios. No entran todos, aunque sí sobra alguno.

Con los cambios, el Getafe volvió a ganar y dio la vuelta a lo que estaba establecido, que era perder en los minutos finales. La historia se volvió a escribir en falso, pero esta vez el final feliz fue azulón. Siempre hay que aprender de la moraleja: cambiar te puede hacer crecer tanto como crecer te hará cambiar.