Una despedida muy personal del Vicente Calderón

La Puerta 13

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Parece que fue ayer cuando te crucé por primera vez de la mano de mi padre. Fría, plateada, imponente. El reguero de gente era incesante y la hinchada se agolpaba en los accesos. El húmedo invierno que sacude el Manzanares cada temporada lo combatimos con una bufanda rojiblanca al cuello, unos leotardos que me obligó a ponerme mi madre y un sinfín de cánticos. En frente, el Real Oviedo. Ayer, 17 temporadas después, me despedí con un adiós con cierto aroma a estación de tren, deseando que el maquinista de turno sufriera un ataque de humanidad para evitar lo inevitable. El pitido final resonó en Atocha y el Calderón comenzó a verse cada vez más lejos a lo largo de las vías. El silencio se apoderó del andén y, como si nadie nos viera, te di un beso de agradecimiento a tantas y tantas tardes de risas y llantos. 


El Vicente Calderón es parte de mi vida. Quizás, y sin ánimo de exagerar, ha sido uno de los pilares más importantes de la misma. Crecí en el sector 510, fondo norte, butacas rojas, olor a puro y muchos disgustos. Me hice un hombre en tus oficinas y alcancé mi sueño más real ofreciendo la Copa del Rey juvenil a la afición sobre el césped, mirando hacia la grada y viendo a mi padre saltar sobre el asiento como jamás lo había visto. Me viste llorar tras un intrascendente partido contra el Sevilla con cierto aroma a Segunda División, con aquel doblete de Delio Toledo que nos privó de la UEFA, con aquella parada de película de Willy Caballero y, por supuesto, tras el pitido final ante el Athletic. Me viste reír tras aquella mágica goleada al Real Madrid, tras aquella histórica remontada ante el Schalke 04, con el gol de Falcao al Valencia, con un Fernando Torres besando el césped tras un gol al Barcelona  y, por supuesto, tras el pitido final ante el Athletic. 


Me enseñaste a disfrutar, a sufrir, a cantar, a saltar, a derrumbarme en mi asiento y levantarme al segundo, a abrazarme a desconocidos tras un gol, a vivir al límite de mis pulsaciones, a suspirar tras el pitido final fuera cual fuera el resultado, a mirarte de reojo desde el Puente de San Isidro, a convertir en hermanos a compañeros de trabajo, a conocer a la futura madre de mis hijos, a encontrar el vínculo más fuerte que jamás podría haber construido con mi padre, a cruzar una y otra vez nuestra querida Puerta 13, el lugar en el que el destino quiso que se cumplieran nuestros sueños, el lugar en el que aprendimos, en definitiva, a ser. Hasta siempre.