El Getafe regala dos puntos en Elche

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El Getafe cede un empate a dos goles ante el Elche en un encuentro que tenía encarrilado.
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Dice Iván Ferreiro que el equilibrio es imposible; es automático pensar que no conoce a Bordalás, quien desayuna orden cada mañana. No obstante, el partido entre el Elche y su Getafe, muy presumiblemente para dolor de muelas del técnico azulón, navegó en el desequilibrio: cuando los visitantes se adelantaron por partida doble en el marcador pocos pensaban que los ilicitanos pudieran empatar y hasta ganar. Al final, aunque merecieran perder –o incluso ganar– los dos, el empate hizo justicia a la desmesura.

Es por esa dieta que lleva su entrenador que en este Getafe no es habitual que sus partidos se entreguen a la locura de la manera en que lo hizo en este empate. Tan poco habitual que, once jornadas después, al equipo de Bordalás se le vieron las costuras que se suponía no tenía. Tras una primera parte en la que merendó franjiverdes, el cuadro azulón usó de pretexto el colchón de dos goles para hacer del segundo acto una siesta tras la que, al despertar, se vio con el encuentro empatado y un penalti en contra. A las nubes mandó Albacar la pena máxima, mismo lugar hacia donde volaron la victoria y los dos puntos que el Geta dejó escapar.

La primera mitad azulona fue la continuación de sus dos últimos encuentros: un martillo pilón. El estado de ánimo marcó el primer gol, de las botas de Portillo, en el minuto 5. A partir de ahí, el Geta hizo lo que mejor sabe hacer: que el rival no haga nada. Y en esas, por supuesto, apareció Jorge Molina. Portillo y Pacheco se unieron y el trío armó una fiesta en la que hasta se permitió el lujo de triangular en el área rival. Así llegó el segundo, con el delantero finalizando el baile entre sus dos socios para subir el 2-0 al marcador justo antes del descanso.

El intermedio sirvió para pensar, con la calma, que Jorge Molina va camino de cumplir 35 años y, a pesar de ello, no se cansa de regalar lecciones a los niños que sueñan con la casi extinta condición de delantero. El 19 azulón está consiguiendo lo imposible: que un ariete coloque el gol en la estantería de las anécdotas. Que los meta ayuda, claro, pero aún se disfruta más con la colección de joyas que deja cada fin de semana. Bordalás lo quitó en el 65 y, coincidencia o no, a raíz de ese momento su equipo se vino abajo de manera autodestructiva. Como si sin él no quisiera.

Cuando en el minuto 70 el Elche recortó distancias por medio de Guillermo, Alberto y Rolf ya habían salvado sendos goles cantados. El 1-2 sólo vino porque tenía que llegar, y el empate, acto seguido, fue el justo premio a la labor del Getafe en la segunda mitad. Diez minutos después el árbitro señaló el mismo penalti a favor de los locales que se olvidó de pitar en la primera parte a favor de los visitantes: el Geta había sido efectivo en su suicidio. No entró porque a la cueva de la locura no tiene acceso la lógica; debe de ser el mismo motivo por el que poco después el mismo Albacar estrellara el balón en el larguero. El empate le sabe mejor al que más enfadado se va y viceversa porque el fútbol no hay quien lo entienda.

De este modo el Getafe inauguró, con dos semanas de antelación, la época de regalos cediéndole al Elche un punto de los dos que perdió por excesiva relajación. Los partidos duran 90 minutos, así está estipulado; si juegas sólo cuarenta y cinco y te dejas ir la otra mitad, la lógica dice que serás castigado. En esta ocasión, y dado que lo hizo tan bien en el primer tiempo, el castigo para suerte de los azulones fue sólo un empate. Con todo, hoy hay tantos motivos para asustarse como para alegrarse en la parroquia azulona. No en vano, ni haciéndolo rematadamente mal pierde este Getafe. Suma y sigue.