Reflejos condicionados

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En 1929 se publicaba en España 'Reflejos condicionados', uno de los textos más importantes de Ivan Pávlov en el que se recogía su estudio sobre el estímulo-respuesta. El experimento se desarrolló, básicamente, así: encerrado un perro en una habitación, se hacía sonar un metrónomo cuando una persona iba a entrar en la sala con comida para el animal, que al olerla comenzaba a salivar. Al tiempo, se hacía sonar el metrónomo cuando esa persona se disponía a entrar en el cuarto, aunque esta vez sin comida. El perro, que asociaba, salivaba solo con ver al humano. Finalmente, el simple sonido del metrónomo bastaba para que el animal comenzara a salivar. Eso ha sido Pedro León. Pedro León ha sido el olor a mar cuando todavía no lo ves, el hacer la maleta de tu primer viaje sin padres, la chica mirándote los labios antes de besarte. Ha sido, más que un futbolista, una sensación: la de pensar que algo grande podía pasar cuando cogía el balón.

Luego no pasaba nada: las faltas acababan en la barrera o en las manos del portero, cuando no en Villaverde; los corners botaban en el primer palo y los desbordes por banda terminaban en bicicleta y corner, en el primer palo o sea. Tampoco le ha acompañado nunca el físico. Sus encuentros, de 60 minutos si era titular y de 30 si salía desde el banquillo, siempre acababan igual: manos sobre las rodillas, gesto desencajado, niveles de oxígeno en sangre como si en vez de haber jugado en el Coliseum hubiera coronado el Everest. No hay carreras memorables, ni goles que convaliden, ni siquiera asistencias que justifiquen, nada tangible a lo que agarrarse para defender a Pedro León. No ha sido un jugador esforzado, ni continuo, ni ejemplar, porque no ha sido un jugador: ha sido una sensación. Así que yo, sin motivo razonable pero sentido, le querré en mi equipo como se quiere a un amigo y le extrañaré como extraña un viudo: cada día de mi vida, pase lo que pase.

Pedro León, jugador de malas rachas que duraban partidos y buenas que duraban minutos, siempre ha sido la diferencia. Una ilusión, un estado de ánimo, una idea: la de su beso al escudo, que era como tu primer beso; de repente, rebosabas felicidad, ganas de gritar, paz mundial, planetas alineados, viva el amor. Y ahora se va como se van las amantes que no se atreven a irse: con una nota. “Ha sido precioso, me has hecho muy feliz. Me voy a arrepentir, pero me voy. Cuídate, lo comprobaré en tu Facebook. Ya nos vemos”. En la Cibelina. Gracias, capitán. Tú también me has hecho muy feliz.