Getafe 1-0 Rayo Vallecano

Suicidio Dorado

El Getafe gana el derbi en el último minuto gracias a un gol en propia puerta de Dorado

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En un ejercicio de orgullo insano, el Rayo Vallecano llegó al Coliseum, tocó, jugó, dominó y al ver que no era capaz de ganar decidió que, para ver cómo le mataban, prefería suicidarse. No hay mayor valiente, por lleno de miedo que esté, que aquel que decide sobre su propia muerte. El Getafe, enfrente y desbordado durante la primera mitad, se encontró con el premio del que coge la tragaperra caliente y no necesita ni dos monedas para aprovecharse de la mala suerte del otro. Si utiliza este azaroso premio para empezar a construir, dos meses después, algo estable, habrá valido la pena.

El derbi se movió entre el miedo de no creer de los visitantes y la vergüenza de no saber de los locales. Entre el que coquetea con el ascenso y el que lo hace con el descenso, el que salió mucho mejor fue el segundo. Los primeros minutos fueron un monólogo rayista, que se hizo con el balón como si de verdad pudiera resucitar a costa de su mejor medicina. Está el Getafe tan empequeñecido con su vecino y rival que para una vez que no le gana el Rayo, es el Rayo el que le hace ganar. Dorado puso, en el último minuto, la rúbrica al suicidio público rayista.

Si el Rayo se quiere hacer el harakiri en el Coliseum, no es nadie el Geta para impedirlo. A pesar de ello, la diferencia entre el partido de uno y otro equipo puede resumirse en que, de las pocas ocasiones claras de gol que hubo, la primera para los vallecanos llegó en el minuto 5, casi una hora antes de que los azulones pusieran en aprietos a Gazzaniga. La comodidad es tan efímera y el miedo tan fuerte que, a raíz de esa primera ocasión local, de las botas de Álvaro, el Rayo dio un paso atrás y el Getafe, con la entrada de Portillo, aprovechó para empezar a pensar que a lo mejor, era posible, por qué no, se podía encontrar en el intento el camino de la victoria. Dado que el cambio de Bordalás para desequilibrar el marcador fue dar entrada a Stefan, el gol llegó de la manera más probable: empujado a su propia red por un jugador rayista. Dorado, previo remate de Jorge Molina, le preparó al Geta la cena del parásito.

La medida de la situación de este Rayo Vallecano, que arrastra su nombre e historia como si no tuvieran peso alguno, es que enfrentándose a un equipo en dinámica decadente que afrontaba el partido sin centrales disponibles, y ante un centro de la zaga formado por un chaval que juega en Tercera (Jesús, qué gran partido) y un limitado lateral izquierdo, no logró casi ni acercarse al gol. La mejor definición de su funesto momento es que de una alineación formada casi por completo por futbolistas que el año pasado jugaban en Primera sale un equipo cercano a Segunda B. Míchel, tienes trabajo.

El Getafe, a pesar de la victoria, no está mucho mejor. Ha perdido fuelle, se ha dejado alma y se ha salido del camino. Pero ni toda esa pérdida puede con la permanencia de Jorge Molina, que cuajó un partido tan discreto que, sin destacar, consiguió generar tres puntos; un día más en la oficina, a pesar de que muchos le daban por jubilado. Su gris es capaz de convertirse en el azul más brillante para el Geta, que vive y muere por él.

Con todo esto, del derbi madrileño salen más vencidos que vencedores. Mientras el miedo consume al Rayo, que camina firme y elegante hacia su autodestrucción, al Getafe, que sigue viviendo en el alambre, esta vez le salió cara. Su cruz es que, siendo cautivo del resultado, necesita crecer en su juego para no caer por la propia gravedad que le arrastra a la desesperanza. No necesita el azulón más que triunfar en sus dos próximos compromisos, ante el segundo y tercero de la clasificación, para volver a creer que nadie puede con él. Tampoco necesita menos.