Ahí fuera

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Nos debatimos entre lo que nos va a esperar el tiempo que sea necesario y lo que ya hemos perdido y nunca volverá. A algunos esta situación les cambiará para siempre y otros seguirán siendo exactamente la misma persona que antes de. Pero todos, tarde o menos tarde, tendremos que volver ahí fuera.

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Restaurante Cinco Sentidos

Y ahí fuera están muchas de las cosas que formaban parte de esa bendita rutina que los seres humanos tendemos a despreciar con pereza y ciertas dosis de arrogancia. Coger el Metro para ir a currar, ir al gimnasio un dia sí y tres no, esperar el beso de la peque cuando la recogemos en la guarde, degustar con cotidiana devoción la comida de mamá o ir a la residencia de la abuela con ese dulce que tanto le gusta. Llevamos apenas un par de semanas en casa y parece que esta nueva vida comenzó hace varios meses. Nos acostumbramos a todo. Al silencio de la Puerta del Sol, a las calles vacías, a las líneas que separan la cola de la caja del supermecado o a los monográficos que escupe esa televisión que nunca se apaga. 

Hace algunos meses esto nos hubiera parecido ficción. Y lo parece. Hasta que un sanitario que está trabajando en primera línea del frente te devuelve a la realidad de un sopapo. La realidad es que cientos de personas están muriendo en España. La realidad es que ya han fallecido 21.000 personas en todo el planeta y que esto va para largo. Los que están saliendo de la crisis miran con pena a los que están entrando y siguen sin darse cuenta de lo que viene. Los números son vidas, aunque todos nos solemos proteger más cerca de la calculadora que de la muerte. Al final nuestra existencia no es más que la eterna búsqueda de un equiibrio imposible. Ese que hace que escriba esto mientras mi hija de 16 meses baila "El payaso tallarín". La vida de los que afortunadamente no se enteran de nada sigue mientras los hospitales se convierten en lugares donde los corazones y las emociones colapsan.   

Volveremos ahí fuera. Sin llorar la ausencia de nadie o con un nudo en la garganta por no habernos siquiera despedido de la persona que más queremos. Sin haber estornudado o tras días y días de fiebre, tos seca y un insoportable dolor de cabeza. Habiendo salido de casa solo para pasear al perro o acudiendo cada día a la UCI para cuidar a los demás, llorar sus adioses y celebrar sus altas. A todos nos esperará ahí fuera el bullicio de un bar, las cañas con los amigos, las clases de música o los días de running con rock español taladrando nuestros oídos y alimentando nuestra nostalgia. Fuera seguirá esperandonos el baño del verano, los columpios con los niños, el partido de fútbol en nuestro estadio, el viaje pendiente o la velada con el amor que intentamos reconquistar cada día. 

Mientras tanto seguiremos rompiéndonos las palmas de las manos cada día a las 8, un gesto que quizá ayude tanto a nuestra mente como a los héroes y heroínas que resisten los embates de este bicho de mierda. Es evidente que en este país hay de todo porque somos muchos. Pero permitidme jugar en el equipo de los ilusos al menos mientras escribo estas líneas. Por eso me quedo con la gente buena. Ellos merecen volver pronto ahí fuera. Eso significará que el primer paso estará dado. Porque ya desde fuera habrá que reconstruir negocios, vidas y sentimientos. Secuelas de lo que nos ha tocado vivir. Desgraciadamente esto no es un mal sueño.