Entre la reinserción y el desprecio

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Ser campeón del Mundo, es decir, el mejor de todos los seres humanos en lo que haces, y recibir un estruendoso abucheo. Otro más. Como cuando sales por el túnel. Como cuando eres presentado. Como cuando te cuelgan la medalla subido al podio. Así sucede desde hace siete años. Y asi sucederá durante el tiempo que le dure la cuerda a Justin Gatlin.

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EL FIGARO 1200 200

Un periodista siempre es un periodista. A ver, posiblemente si se marcha a una despedida de soltero con sus colegas deje de serlo durante unas horas porque su única y compleja ocupación será sobrevivir. Lo que quiero decir es que es muy complicado desligar la opinión pública de un periodista de su faceta profesional. Me gustaría decir que escribo este texto como aficionado al deporte porque como periodista posiblemente sea imprudente. Pero insisto en que se antoja casi imposible establecer esa separación. Así que vamos a mojarnos en el charco, qué remedio.

Justin Gatlin ha dado dos veces positivo por consumo de sustancias prohibidas. La primera, cuando tenía 19 años tras competir en un campeonato nacional en Estados Unidos. Anfetaminas. Le cayeron dos años de sanción, pero la Federación Internacional aceptó las alegaciones del atleta, que se defendió argumentando que tomaba esa medicación desde pequeño para combatir su trastorno por déficit de atención. El castigo se quedó en un año. En su regreso se alzó como campéon olímpico (Atenas 2004) y mundial. Batió el récord planetario de los 100 metros en 2006 (9.77). Tres meses después volvió a dar positivo. Testosterona. Al americano le sobrevoló una condena a perpetuidad, pero su admisión de culpabilidad, colaboracionismo y estrategia de defensa dejaron el segundo castigo en cuatro años sin poder competir. 

Desde su regreso en 2010 Gatlin está limpio. Para ser más precisos, no ha dado positivo en los cientos de controles que le han hecho desde entonces. Como bien explicó ayer en su perfil de Twitter nuestro mejor velocista, Ángel David Rodríguez, Gatlin es un deportista legal y técnicamente reinsertado. Es un enorme competidor, hecho que queda demostrado logrando este nivel a una edad en la que los velocistas ya no pueden engañar al fantasma del declive. Este año ha corrido menos que nunca y ha sabido llegar top al momento justo para salir campeón mundial desde la calle 8. Hasta aquí, periodista. Ahora, como aficionado, fanático y loco de remate por el deporte, diré que yo no creo en Justin Gatlin.

 

Eurosport

 

No puedo. Y tampoco quiero. Durante muchos años de pasión por el deporte, me he sentido muchas veces estafado por deportistas. Sí, también españoles. He vibrado con el carácter y la raza de Marta Domínguez, y resulta que me había engañado. Le respeto, pero ya no me levantó del sofá cuando Contador intenta una fuga imposible. Parecido con Valverde. Me da repelús que un tramposo como Sergio Sánchez represente la bandera de mi tierra, León. Me da verguenza que las bolsas de la Operación Puerto sean, aún en 2017, uno de los mayores bochornos de la historia del deporte español.  Me resulta asquerosa la tibieza que existe en mi país con el dopaje, cómo se ha protegido a los tramposos en nombre de un patriotismo tartufo y cómo el olimpismo nos puso la cara roja en todo los relacionado con esa materia. Rabio cuando pienso en esos médicos delincuentes que ahora están tranquilitos y fuera del foco porque vete a saber qué sabran y de quién. 

Es evidente que la sociedad necesita leyes y jueces para canalizar la vida diaria, pero eso no quiere decir que la verdad jurídica sea la verdad real. Hace unos días una jueza ha reconocido que no ha encontrado pruebas de que las enormes cantidades de dinero que recibieron algunos futbolistas del Zaragoza fueran a parar a jugadores del Levante. Así que para la Justicia en aquel partido de 2011 no pasó nada raro. Disculpadme, pero yo no me lo creo. No han podido demostrarlo y los ciudadanos debemos respetar lo legal, que por cierto en muchas ocasiones se pega puñetazos con lo lícito o ético. Queridos lectores, estamos en un país en el que tipos como Juan Padrón o Francisco Granados hablan de campañas contra ellos. O en el que alguno ha hecho de gente como Manolo Sáiz o Vicente Belda verdaderos mártires. Sí, las banderas también sirven para arropar a gente nociva.

No me emocionan los éxitos de Gatlin. Ni los de Mechaal, al que hace unos días el TAS liberó de cualquier sanción por saltarse en tres ocasiones controles antidopaje. Conozco a varios atletas de élite, a uno de ellos lo considero mi amigo, y siempre, pero siempre es siempre, está localizado cuando le llaman con la aguja. Y como él muchos deportistas que jamás han tenido ningún problema de este tipo. Es duro, pero han aceptado esas condiciones porque permiten estrechar el cerco en torno a los mentirosos. Como aficionado al deporte, mis sentimientos son míos, mi admiración es mía y mi empatía es mía. No se puede evitar, como cuando juega tu equipo un partido de fútbol. Y yo siento más admiración y empatía por el 9º clasificado que por un vencedor con dopaje en el pasado. Respeto y reconocimiento, pero sin pasión. Reinserción, pero sin aplausos. Porque Gatlin decidió fiar su carrera a Trevor Graham, el anticristo de la limpieza y la salud. Y porque ni siquiera está demostrado que el consumo de aquellas sustancias no mejoren el rendimiento de un atleta a largo plazo (de momento, sólo se ha probado con ratones).  

 

Cada día tengo más pavor a que me vuelvan a estafar.