Estos tíos nunca fallan

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No, no fallan. Incluso cuando España se ha quedado por el camino, el recuerdo nos evoca a un triple desde su casa de Teodosic con la enorme mano de Garbajosa en la nuez. La Selección de basket es sinónimo de éxito. Su legado es ya eterno.

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Desde 2003 España ha participado en 16 campeonatos oficiales entre Juegos Olímpicos, Mundiales y Europeos. Solo en tres de ellos no ha alcanzado las semifinales. En Atenas 2004 finalizamos séptimos tras cruzarnos con Estadsos Unidos en cuartos. En 2010, sextos tras la referida cesta imposible del maldito Teodosic. Y en 2014 el gatillazo casero ante Francia en la calle Goya. ¡Solo tres! Ampliamos a solo 4 en 18 si partimos de 2001 o solo 5 de 20 si arrancamos en 1999. Con perdón, estos datos son sencillamente acojonantes.

Puede que sea considerado temerario por afirmar esto, pero creo que un bronce en China tendría incluso más valor que algún oro continental logrado en la última década. Sencillamente porque España ha acudido a esta Copa del Mundo con menos talento que antaño. Navarro ya se fue, Pau no ha podido ir y el Chacho prefirió descansar. Sin Mirotic ni Ibaka y sin piezas básicas como Calderón que también han dejado el equipo nacional. En 2008 y 2012 España fue capaz de jugarle de tú a tú a un gran combinado yanqui, y cuando decimos de tú a tú nos referimos a meter más puntos que ellos. Hoy, en el posverano de 2019, eso es una quimera. Por eso se agiganta la figura del entrenador.

Sergio Scariolo, una de las mejores pizarras del mundo. Colocando minas y trampas a Serbia, a la que le asestó un aguijonazo que ya le dejó tambleándose para todo el campeonato. Apoyándose en dos líderes, el 1 y el 5, a partir de los cuales cimenta un equipo comprometido y conmovedoramente competitivo. Ricky dirige... ¡y enchufa! Marc no disfruta ni mete, pero hace mejores a sus compañeros con un permanente clinic de baloncesto colectivo. Juancho crece, Llull chispea y Willy releva. Claver es más indispensable que ayer y menos que mañana. Rudy contagia defensa, oficio e inteligencia. Pau Ribas siempre suma en la calculadora del rendimiento. Oriola se faja. Quino, Beirán y Rabaseda animan desde el banco, preparados por si acaso son reclamados. De menos a más, como en tantos y tantos torneos. Con el corrillo de la canción de turno antes del calentamiento y la alegría contenida después de cada zancada.

Pues eso, aquí estamos otra vez, entre los mejores. Con más mérito aún puesto que los Mundiales se nos habían atravesado tras aquella inolvidable mañana de Saitama. España no es mejor que ninguno de los otros tres semifinalistas. España no es peor que ninguno de los otros tres semifinalistas. No tenemos el físico de Francia, ni la fe inquebrantable de Argentina, ni a un jugador como el australiano Patty Mills. La última batalla de Pekín parte de un equilibrio que hace aún más fascinante este tramo final de aventura oriental. Podemos ser oro o cuartos, pero para mí nada cambiará. La empatía con estos muchachos me hace imposible juzgarlos por el resultado final, ya que son ellos precisamente los que llevan dos décadas regalándonos resultados positivos. Estos tipos nunca fallan. Tampoco lo han hecho en China, en uno de los torneos más difíciles que recuerdo. Con cierta fortuna en el sorteo y en el gran cruce, de acuerdo, pero para llegar hasta aquí ha habido que apear a Italia y fumigar a Serbia. Casi nada. 

La España de baloncesto, en versión masculina y femenina, es legendaria. Algún día se terminará esta locura y nos daremos cuenta de lo jodido que es no llegar a las semifinales año tras año y campeonato tras campeonato. Qué orgullo pelear otra vez por la chapa. Y asegurar la presencia en Tokio. Y sentir que el domingo se puede liar otra vez muy gorda. El deporte español es mejor gracias a esta confluencia de generaciones que no se cansan de hacernos inmensamente felices. Estos tíos nunca fallan.

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