Intrascendencia

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Soy más de personas que de equipos. Por poner un ejemplo, siento debilidad y en algún caso devoción por los encargados del material de los equipos madrileños, que son los que conozco más a fondo. Personas. Corazones que alimentan empatías y complicidades. Por eso me fastidia el sufrimiento casi continuado de muchos empleados del Estudiantes que ven como un año más su equipo se abraza a la intrascendencia.

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Elegir a Willy Villar fue un acierto. En septiembre pensé que la plantilla que había armado el Estu era bastante decente. Con carencias, por supuesto. Con costuras, cómo no. Pero al menos ilusionante para pelear por la Copa y por el playoff. Y por supuesto, para soñar bien fuerte con el regreso a los viajes europeos. Pues bien, mientras enfilamos ya el tramo final de marzo los colegiales se encuentran en zona de nadie. En esa baldosa en la que hasta se desea que de vez en cuando haga un frío polar o un calor asfixiante. Que pase algo. Con un menos 5 respecto a los que intentan y un más 4 de ventaja con los que sudan. Y fuera de la Champions en lo que fue un puñetazo terrible a la barriga de las ilusiones estudiantiles. Todo lo que tenía que salir mal salió mal en aquella noche aciaga.

Pero luego está el pan nuestro de cada día. Y en esa cotidianeidad este Estudiantes es desesperante. Una de cal y tres de arena. Incapaz de sacudirse una ciclotimia que convierte a los del Ramiro en una montaña rusa delirante. Por momentos, los menos, activa un baloncesto delicioso, rápido, triplero, divertido. De repente se sumerge en las profundidades del error y perpetra cuartos terribles en los que su fragilidad asusta. Sería prevaricación obviar en este texto la incapacidad de Salva Maldonado para revertir una dinámica que a estas alturas ya parece no tener solución. Poco autocrítico en público y en ocasiones hasta molesto con alguna pregunta necesaria en las conferencias de prensa, es evidente que el experimentado coach ya no cuenta con la confianza de una amplia mayoría de aficionados colegiales. Llegados a este punto muchos pensamos que este ciclo ya no tiene mucho más recorrido.

Aún quedan 11 partidos, pero ¿qué nos deja este curso? En lo positivo, un Omar Cook notable (36 años, ojo), un Alec Brown digno y un Landesberg disfrutón, aunque en algún final apretado el hombre de las mil nacionalidades desechó la asistencia como argumento para ganar. Más allá de eso, duele especialmente cómo la batería nacional de ese vestuario no ha crecido como se esperaba. Culpas repartidas, supongo, pero honestamente me gustaría ver a Vicedo, Brizuela y Arteaga en un nuevo proyecto y con un drástico reseteo del disco duro mental. Ha sido una enorme desilusión no encontrar la versión eléctrica de Caner-Medley, lejos de aquel actor que enamoró a la grada del Palacio por su energía. Y apenas se habla de lo que se está desaprovechando a ese fantástico jugador llamado Hakanson. Juega poco y desde fuera da la sensación de que lo hace pensando siempre en las consecuencias de su siguiente error.

Nos encontramos en unas alturas de la temporada desde las que ya se puede afirmar que el Estudiantes se ha vuelto a abrazar a la intrascendencia. Los denodados e imaginativos esfuerzos del club por reactivar el vértice social chocan con el infranqueable muro del pasotismo y la frialdad de una afición que está profundamente hastiada. Hastiada incluso de estar hastiada. Ya no se queja, quizá el síntoma más dañino y preocupante de todos y para todos. Me cuesta recordar una grada tan fría como la de los últimos tiempos cada vez que Estudiantes juega como local. Desde esta humilde tribuna invito a la profunda reflexión de todos los que están obligados a sacar a patadas al Estu de esta dolorosa intrascendencia.

la casa del tío sabino 1200 200