Las proletarias del deporte español

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Cuando la España femenina de baloncesto logra un éxito, básicamente todos los años, es recurrente la petición del premio Princesa de Asturias para ellas. Sin ánimo de faltar al respeto a nadie, ni al jurado ni a los galardonados, voy a ser políticamente incorrecto: a mí ese tipo de premios me dan igual, me parecen cada vez más intrascendentes.

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No hay mayor reconocimiento que levantar una copa al cielo o soltar lágrimas de emoción y con mensaje, como las de Laura Nicholls en la ceremonia de las campeonas. Lo demás es politiqueo y postureo, a menudo desprendido de los valores esenciales del deporte. Nada va a cambiar con un Princesa de Asturias más o menos, o con un recibimiento del Gobierno más o menos.

Ganar una sola vez en el deporte es muy difícil. Ganar y enamorar entra en el terreno de la poesía y lo extraordinario. Hacer ambas cosas a menudo es una salvajada. La selección femenina de basket se ha colgado 13 medallas en este siglo XXI. ¡13! Por situarlo en perspectiva, es una más de las logradas por los hombres en el mismo tiempo. Laia Palau posee una chapa más que Pau Gasol en su vasta vitrina de éxitos tangibles. Como si fuera ciencia ficción, también han peleado contra las todopoderosas americanas en una final de los Juegos Olímpicos. Y además es un equipo diferente. 

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Por sus valores. No, no son palabras vacías y rellenas de líquido tópico. Estas mujeres transmiten los valores esenciales del deporte: unión, lucha, respeto, diversión y una enorme capacidad de sufrimiento. Han sido campeonas de Europa sin su mejor jugadora, Alba Torrens. Han ganado los seis combates del torneo, arrasando en cuartos y en la final y profanando la guarida del anfitrión balcánico en un complicadísimo duelo de semifinales. Ni siquiera el oro garantiza los Juegos, pero este equipazo se dejará la vida en el Preolímpico para que Laia Palau se pueda despedir en Japón.

España emociona. Cuando Xargay enchufa de tres y cuando Silvia rompe la cintura de su rival. Cuando Ndour recibe el abrazo de todas tras sucumbir a las emociones al saber que ha sido elegida la mejor del Europeo. Cuando Laia asiste y cuando Anna Cruz ejecuta. Cuando Mondelo da una lección sin aspavientos ni gritos en cada tiempo muerto. Cuando Laura Gil convierte los intangibles en un concierto de rock. Cuando Queralt, Tamara, Vilaró o Pina exhiben en un chispazo el manual de competir. Cuando los auxiliares se abrazan después de cada gesta. Cuando los empleados anónimos, ahí meto a los amigos de comunicación, cuidan lo externo, eso que no gana títulos pero ayuda a novelarlos. España emociona mucho.

Antes del Europeo de Riga y Belgrado, Laia Palau confesó en Onda Madrid que “es bueno promocionar el fútbol femenino, pero sigue siendo fútbol. No salimos de ese ámbito. Humildemente creo que el equipo bueno somos nosotras, lo dice la historia y los campeonatos. Y después irían disciplinas como la natación sincronizada, el balonmano, el hockey, el waterpolo y otros deportes. Ojalá todas tuviésemos esa atención que ha acaparado el Mundial femenino de fútbol”. Estas palabras dan que pensar. No las pronuncia una cualquiera, sino una de las deportistas más importantes que ha dado este país. Las mujeres deportistas crecen, pero siempre lo harán más si están unidas al fútbol. En cualquier caso la España femenina de baloncesto sigue su camino porque lo maravilloso de esta aventura es que el ciclo continúa plenamente vigente. Que suene fuerte el vals del obrero. Honores a las eternas y legendarias proletarias del deporte español.