Los ojos de Llull

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Viernes pasado, 23.15 horas. Me alejaba junto a Ángel Silgo, compañero técnico de Onda Madrid, del Pabellón de la Fuente de San Luis, desde donde llegaba el inconfundible sonido de la felicidad. Le estreché la mano y le dije: “Felicidades, socio, ha sonado todo de colores”.

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 La satisfacción del trabajo bien hecho no se empaña por la derrota de los madrileños, aunque a nosotros lo que nos gusta de verdad es contar cosas bonitas para los oyentes de Madrid. Aprovecho para escribir que Ángel es un técnico cojonudo, muy bueno. Y más allá de su curro, es un tipo que siempre hace mejor cualquier viaje. Ya sea cantando triples, comiendo arroces o visitando a Carmela. Mientras cubríamos a pata el trayecto entre la Fonteta y el hotel, Silgo me dijo: “Qué razón tenías cuando has comentado en antena lo de los ojos de Llull, era una cosa de locos”.

     Narramos el partido desde detrás de una canasta. El juego se ve peor, pero los detalles se aprecian infinitamente mejor. Desde allí vimos los ojos de Llull. Con 23 puntos abajo, el ídolo del madridismo se ajustó en la espalda una mochila de 200 toneladas. No era un momento cualquiera. La Liga estaba perdida. Los rivales se movían por el parqué poseídos por un aura que les hacía capaces de encestar un lavavajillas en la cesta contraria, o de multiplicarse por diez para ahogar al enemigo. La pelota abrasaba las manos de cualquier tipo que vistiera de blanco. Y la grada estaba completamente incendiada. Ahí fue cuando emergió la figura de un jugador que trasciende lo deportivo.

     Y empezó a meter. Un dos más uno por aquí, una cesta imposible por allí, una asistencia por acullá. Con los ojos inyectados en sangre. Cuando el -23 fue mermando muchos madridistas creyeron en una remontada quimérica… pero lo realmente difícil es empezar a creer cuando todo está perdido. Eso hizo Sergio, que ampliaba el efecto de cualquier acción positiva con gritos ensordecedores en la oreja de sus compañeros. Él creyó y todos creyeron a partir de él. Llull es muy bueno, pero más allá de sus enormes cualidades como basquetbolista (homenaje al Chapu), su personalidad es un tesoro para todos los que le rodean. No puede quedar en anécdota el tuit de deportista ejemplar que activó minutos después de una decepción gigante. El aplauso que le dio a Valencia Basket es el aplauso que se merece él.

     Yo también pienso que este año el Madrid ha dependido demasiado de Llull. Eso es malo para él y para su equipo. Pero esta opinión casa con la convicción de que este tío es fantástico. A escasos metros de distancia asistí a un lenguaje gestual conmovedor. El de Mahón dijo, una vez más, “la mochila para mí”. Esa gallardía es mucho más valiosa que una mandarina desde diez metros y con un rival colgado de la chepa. Sergio se casa en unos días. Disfrutará del amor, de la familia, de los amigos y de las vacaciones. No me quiero imaginar cómo va a volver tras un curso en el que no ha saciado su incontenible sed de títulos. Los ojos de Llull son el coraje del Madrid.