¿Quién es el mejor?

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De vez en cuando me da una pedrada en la cabeza. Cada vez más a menudo, cada vez más fuerte. Vete a saber si es producto de la edad, de los muchos artículos escritos o de la mutación a un caracter más gruñón. El caso es que mi pedrada de hoy es preguntarme sobre las votaciones a mejor jugador de la Liga. ¿Por qué? ¿Para quién? ¿Por quién? ¿Cómo? Vamos al lío.

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El proceso es el siguiente. La Liga Endesa ofrece un abánico de candidatos para elegir el mejor jugador de la fase regular, el mejor quinteto, el mejor joven y también el mejor quinteto joven. En esa lista hay desde actores evidentes hasta nombres de relleno. Esto es completamente normal. Votan cuatro sectores: jugadores, entrenadores, aficionados y periodistas. Cada cajón cuenta lo mismo, un 25%. Valga como excepción, pero para ser un tarugo creo que lo he explicado bastante bien. Ahora viene mi pedrusco en el cerebro.

Parto del hecho de que a mí los premios individuales en el deporte cada día que pasa me gustan menos. No me gustan porque no son justos. Y no lo son porque un porcentaje bastante elevado de los que poseen el privilegio de la elección no son intrínsecamente justos. El voto viene por amistad, por miedo, por diplomacia, por afinidad, por amor a unos colores... por mil cosas. El voto popular, por ejemplo, se activa interesadamente en redes sociales, donde al parecer cada retuit es un voto. La inmensa mayoría de los aficionados no eligen con la razón. No se paran a pensar con detenimiento quién ha sido el mejor de todos. El mejor es siempre el de su equipo, y mucho más cuando el otro favorito es de las huestes rivales o de un club que te cae peor que mal. Llull será mayoritariamente votado por madridistas, Jackson por alumnos del Ramiro y Shermadini por ilusionados habitantes del Principado. Lo normal, ¿no? A esto hay que añadir las campañas realizadas por amigos o famosos que animan a sus seguidores para que voten al suyo. También normal, claro. Pero entonces, ¿qué validez real tiene este premio?

 

 

Luego están los periodistas, cuyo voto global también vale un 25%. Por lo que veo muchos compañeros también piden el voto para este o aquel jugador, por lo que interpreto que su elección nace de sus afinidades. Máximo respeto, cómo no, pero contribuye a cimentar la convicción de que nada es del todo real a la hora de saber quién es el MVP de la competición. Yo también he votado. Tardé un buen rato, lo pensé muchísimo porque estas cosas me las tomo irracionalmente en serio, creo que excesivamente. Siempre me asaltan millones de dudas o surge un parámetro de última hora que me hace renegar de todo lo anterior. Por si os interesa, me salió esto: 

 

MVP: Edwin Jackson.

Mejor quinteto: Llull, Jackson, Hanga, Dubljevic y Shermadini.

Mejor joven: Luka Doncic.

Mejor quinteto joven: Doncic, Abalde, Smits, Diop y Pasecnicks.

 

Menos mal que mi elección cuenta poco, ¡eh! No es tan fácil votar. Hay que abrazarse fuerte a los intangibles, calibrar nivel de los compañeros, objetivos cumplidos, capacidad de liderazgo y logros alcanzados. El ruido es bueno. Muy bueno, diría yo. Es cojonudo que se hable de basket y este proceso sirve para ello. Pero no me quito de la cabeza la pedrada de que en demasiadas ocasiones no son votaciones justas. Ni de aficionados, ni de periodistas, ni de jugadores ni de entrenadores. Un ejemplo extremo: ¿cómo es posible que Cristiano y Messi nunca se voten entre sí en el Balón de Oro? ¿Normal? Para mí es irrisorio.

 

Posdata. El ruido es bueno para la ACB y el baloncesto, pero mejor sería que, como fuera, los partidos del Bilbao Basket y del Andorra se jugaran en horario unificado en la última jornada.