Sois leyenda, somos leyenda

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Oro, plata, plata, oro, sexta, oro, plata, bronce, quinta, oro, bronce y bronce. Esta es la cosecha de un equipo de baloncesto desde el año 2006. En Europeos, Mundiales y Juegos Olímpicos, en los que en Pekín y Londrés incluso acariciaron la posibilidad de tumbar a los NBA. Una locura. Una salvajada. Historia del baloncesto. La Selección Española.

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Los echaremos de menos. Llevo repitiendo y repitiéndome esto desde hace más de un lustro. Este equipo es tan maravilloso que incluso está aplazando el declive mucho más allá de lo racional. La generación del 80-81 se apaga con el adiós de Navarro, el adiós de Calderón o los últimos coletazos del monarca Felipe Reyes. Pero ahí sigue el comandante Gasol, otra vez entre los mejores (quinteto ideal incluido) del Campeonato de Europa. Preguntado por su continuidad en el equipo nacional Pau pide tiempo para comunicar su decisión, aunque algunos seguimos convencidos de que su depósito va a resistir hasta los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, justo cuando finaliza su nuevo contrato millonario con los San Antonio Spurs. Sí, los echaremos de menos. Cada gran evento supone apurar ese delicioso sorbito que uno ya siempre piensa que puede ser el penúltimo.

España ya no gana como antes. Ha sufrido en el perímetro, donde la baja de Llull agrandó un boquete imposible de tapar. Quitadle a Eslovenia a Doncic. O a Serbia a Bogdanovic. O a Rusia a Shved, aunque éste es un actor mucho menos fiable para perseguir un objetivo colectivo. Sólo por hablar de los cuatro semifinalistas. Llull es una estrella, un jugador capital en esta Selección de Scariolo. Enamorar como hicieron en Katowice 2009 o en Kaunas 2011 (¡Navarro!) es imposible, aunque estos muchachos aún nos brinden exhibiciones como la del extraterrestre en las semifinales de Lille 2015. Pero son fiables. Compiten. Pelean. Triunfan. Y lo más importante, siempre amarran chapa.

En Cluj/Estambul España ha ganado siete partidos y ha perdido solo uno. Contra el campeón, un equipo que ese día metía una lavadora limpia en la cesta y jugaban con la convicción de derrotar a los Golden State Warriors. A la batería celestial de preseas con la que hemos abierto este artículo añadimos nueve éxitos en los últimos diez Europeos (tres títulos, tres subcampeonatos y otros tres bronces). Es todo demencial, como subir al podio en tres Juegos consecutivos, lo cual supone tres ciclos olímpicos repartidos en más de una década. A veces han fallado, pero muy pocas y con condicionantes, como el triplazo descomunal de Teodosic en 2010 o la pifia de Orenga en 2014. Son maravillosos, ganadores, deportistas, admirables. Legendarios.

La grandeza de esta Selección Española de baloncesto, que ingresa en el olimpo junto a las míticas Unión Soviética y Yugoslavia, trasciende más allá del juego. Transmiten una colección de valores inagotable, un buenrollismo irreductible. Son una familia, pero no una familia etiquetada como tópico, sino una familia real en la que los veteranos son respetados incluso cuando su rendimiento en la cancha es discreto (Navarro) y los nuevos acogidos con los brazos abiertos (Sastre, Juancho, Oriola). No escondo mi devoción por esta Selección porque me siento representado por ellos. En la victoria y en la derrota. Tanto cuando estamos en trance como cuando el atasco en ataque nos conduce a una derrota dolorosa e inesperada.

Honores a este equipo, honores a sus auxiliares, que celebran cada cesta como un triple ganador. Honores a los 16.000 espectadores que se pusieron en pie para aplaudir a Pau Gasol cuando se unió al quinteto ideal. Honores a Navarro, un jugador irrepetible y un capitán estuoendo. Honores a Llull, cuyo espíritu luchador quedó inoculado en las venas de sus compañeros. Honores a Scariolo, siempre infravalorado. Honores a los viejos, honores a los nuevos. Honores a todos los que vibráis con este equipo legendario. Honores por lo que hemos vivido y nadie podrá borrar de nuestro álbum de recuerdos. Honores por las cosas buenas que áun están por venir. Gracias por hacernos felices. Sois leyenda. Somos leyenda. Una leyenda que se sigue escribiendo con renglones dorados.