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Se estrenó Zamora y cerró su círculo particular
Se estrenó Zamora y cerró su círculo particular

Se estrenó Zamora y cerró su círculo particular

Nadie olvidará el 27 de enero de 2020. El día que nos abandonó la leyenda, el día que el mundo del baloncesto se paró en Calabassas, el día que fuimos campeones de Europa de balonmano, el día que Javier Zamora se sentó por primera vez en el banquillo de Estudiantes como primer entrenador. 

Repartía besos y saludos Javier Zamora antes de su debut. Parecía esa joven promesa del rock que hace su primera puesta en escena delante de todos sus amigos. Se le notaba tenso, hablaba con sus ayudantes y se abrazaba a Kadji antes de la presentación de los equipos. 
 

“Con el 8, Darío Brizuela”, y el frente de Fuente del Berro respondía con pitos y algún leve aplauso. Imposible no destacar el mensaje en el cubre de los jugadores colegiales “Ánimo Héctor”, en honor al menor de los Alderete, lesionado de gravedad la pasada semana. Volverás más fuerte, chaval.

 

El ambiente en el Palacio era de los que se recuerdan con morriña. Con el público metido y casi hasta la bandera, “así da gusto”, decían algunos. El equipo respondió con entrega y pasión, atacando el rebote como si les fuera la vida en ello. Y así debe ser siendo colista, por cierto. Estudiantes respondía los mandobles de Unicaja e incluso se puso por delante, 15-13 a 2 minutos para el final del primer cuarto. Casimiro llamó al hijo pródigo, y Brizuela pisaba el Palacio por primera vez como foráneo. Un parcial de 6-1 cerraba el primer acto con 21-14 para los locales. 
 

Pareció que abrían toriles. Estudiantes salió a la carrera en busca de darle una cornada profunda a su enemigo. Con una defensa abrumadora, yendo a todos los balones y con acierto en ataque, abrieron brecha en el marcador, 10-1 de parcial en apenas 2 minutos de juego. Casimiro pidió tiempo, estampó la pizarra contra el suelo, y juró en arameo todo lo que sabía, se despeinó al ritmo de cabezadas y gritos señalando la indolencia de los suyos, mientras, en el otro lado de la cancha, escuchaban las lecciones de Zamo con extrema concentración. Perdió el balón Unicaja y Edgar anotó a la remanguillé dos puntitos que destaban el delirio de la grada. Ver para creer. Al festival se apuntó Scrubb, que firmó su mejor partido en mucho tiempo, para poner el +22. El público se cayó con la tercera falta de Edgar, Zamora se giró, miró a sus jugadores y gritó: “Sola”. No le tembló el pulso. El chaval, cariacontecido, saltó la valla publicitaria y asumió el reto. El primer balón que tocó lo convirtió en canasta. Al descanso 47-26, ovación del público y a descansar. 
 

“No hemos hecho nada”, decía el entrenador en declaraciones a la televisión antes del tercer cuarto. “Estoy cagao”, comentaba Santi Escribano. 
 

Estudiantes apuntó bien el arranque del cuarto, soportando la maldición que les acompaña en este periodo, 54-33 a 06:14 para el final y tercera personal de Arteaga. Sacó Zamora al joven Khadim Sow, totalmente superado, el senegalés fue maniatado en los 2 minutos que estuvo en cancha y ahí empezó la reacción de Unicaja. Con billete directo a la línea de personal, por cierto, anotaron 17 de sus 29 puntos desde el 4.60, con un parcial de 18-4 en faltas en plena remontada cajista. Raro, raro. En fin, Estudiantes se hizo pequeñito, se mantenía en la lona como buenamente podía, suplicando al crono un sprint que acabase con aquella tortura de tercer cuarto. Salieron vivos, 60-55.

 

“Ya ha pasado”, parecían decirse en el banquillo. Pero no, un triple de Jaime apretaba el marcador y ponía a tiro de piedra a los malagueños. En ese punto mutó Estudiantes. Guiados por Avramovic, el que más hambre tenía, firmaron un parcial de 12-0 que pareció ser suficiente, 72-60. Poco o nada se jugó desde ese momento. Estudiantes aguantó la renta y Unicaja, tal vez exhausto por el esfuerzo del tercer cuarto, fue incapaz de arañar puntos en el marcador. Gritos de “pesetero, pesetero” a Brizuela, visiblemente nervioso en el partido, retumbaban en el pabellón cuando el vasco tocaba la pelota. Bocinazo final, 78-68 y la quinta a la buchaca. 

 

Edgar corrió tras Darío antes de que abandonara la cancha y le consoló al oído. Consciente, tal vez, de la injusticia que se había manifestado en el partido con el chaval. Los toreros dieron la vuelta al ruedo, chocando palmas con una afición entregada, y cada vez que se adentraban en el túnel de vestuario, se vaciaban con gritos de rabia. Todos, sin excepción. 

 

En zona mixta la euforia se convirtió en pena. Desde Estados Unidos informaban de lo que ya todos sabemos. Las informaciones se contradecían, las confirmaciones dejaban de serlo, pero al final fue imposible que el milagro sucediera.

“Me he quedado helado”, me decía Edgar Vicedo, “no somos nadie”. Razón no le falta.

Entre tanto, Zamora se ponía el frente de la rueda de prensa y lanzaba su primer gran mensaje: “el miedo se acabó para este equipo”.

“Pues ya estaría”, le dije, “pues ya estaría por hoy”, me respondió.

A la salida le esperaban no menos de 50 personas para ovacionarle, al grito de “Zamoooora, Zamooora”, y este volvió a repartir los besos y abrazos del principio, se cerraba el círculo. 
 

PD: la previa en el 5 sentidos, menudos huevos poché con crema de patatas, boletus y crujiente de jamón. La madre que me trajo.

 

PD2: la imagen es del gran Eduardo Candel, de Movistar Estudiantes.

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