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La gran tapada de Euskadi se muestra como una de las ciudades más sostenibles y bellas de Europa

Vitoria: Un paseo eterno

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Pasear a primera hora por el parque de la Florida es una de mis rutinas preferidas cuando viajo a Vitoria. Me da igual que nieve o llueva, la verdad es que me da igual el tiempo que haga cuando visito una de las ciudades más especiales que conozco. Desde que la visité por primera vez en una Copa del Rey de baloncesto supe que volvería siempre que fuera posible.

La gran tapada de Euskadi, una de las grandes desconocidas de España. Todavía encontramos a vitorianos que cuando, rodeados de zuritos y pinchos, nos preguntan de dónde somos se asombran de que unos madrileños se paren allí y no continúen su viaje hacia Bilbao y San Sebastián que es lo que se supone hacemos los madrileños.

Nos engancharon sus paseos por la calle Dato, en el centro, o por el Humedal de Salburua que rodea el Buesa Arena. Pasos por la Senda desde el Palacio de Ajuria-Enea hasta darle la vuelta a San Prudencio, el patrón de Vitoria, pasando por El Prado y el Paseo de Cervantes. Llegar hasta su Basílica en Armentia, entrada del bosque al que da nombre y que es la “Casa de Campo” vitoriana. Kilómetros y kilómetros de vías para caminantes incansables y de carriles para los amantes de las bicicletas que en estas tierras son muchos. No hay gordos en Vitoria, fuertes sí, pero no… gordos.

Para los que no somos amantes de ciudades con cuestas Vitoria es la panacea. Desde el año 2014 y con Javier Maroto como alcalde, funcionan en el casco viejo rampas mecánicas en el Cantón del Seminario y un ascensor, el de la Correría, que facilitan el ascenso hasta la recia, altiva y sobria Catedral Vieja. Un edificio más popular por sus reformas y restauraciones, las malas y la buena, que por su construcción. Su visita guiada con casco de obra se ha convertido en mundialmente conocida. Eso, y la obra de Ken Follett, Los Pilares de la Tierra, cuya inspiración le llegó gracias a la Catedral de Santa María.

En la cima de la Vitoria medieval podrás ver como se mezclan el pasado y el presente. La perfecta unión entre calles empedradas, palacios de alta cuna con paredes murales y un Polideportivo, el de El Campillo, que parece haber estado siempre allí. Tanto que podrían haberse jugado derbis entre reyes navarros y castellanos.  

Rodeando la almendra de la vetusta Vitoria encontramos algunos tramos de las tres murallas que la protegieron a lo largo de su historia y también la muralla gastronómica que la rodea en la actualidad. La visita de ésta última mejor hacerla a la vuelta, no aseguramos que si lo haces de primeras llegues a la Portada de Santa Ana, la más antigua de la Catedral. Seguro que hay docenas de recomendaciones, pero yo escribo de lo que conozco y de mis lugares de culto: Las tortillas, manchadas, sin manchar, con cebolla, sin cebolla, con carne picada y resto de variantes en el Bar Deportivo Alavés, en la Plaza de España, y en El 7 en la calle Cuchillería (la cuesta de la “Kutxi” sí me gusta subirla). Para pinchos de autor: El Toloño en la Cuesta de San Francisco y el Sagartoki en la Calle del Prado. Alta cocina en pequeños bocados para el gusto y para la vista. Un poco más lejos del casco viejo, si es que en Vitoria hay algo un poco más lejos, una parada obligatoria es en el Saburdi, en la Calle Dato, con una de las cervezas mejor tiradas que recuerde. Menciono también El Rincón de Luis Mari y el Solar Alavés, uno junto al otro; el primero más sofisticado y por tanto con precios más altos y el segundo más modesto pero igual de saludable. Los dos están en la Calle Rioja en los confines del barrio del Ensanche.

Más allá de la estación de tren encontraremos otro de los paseos que merecen la pena: el campus de la Universidad. Escuelas, facultades y caseríos urbanos hacen muy amena la visita incluso sin estudiantes. En sus jardines encontraréis el lugar para el recuerdo y homenaje a Fernando Buesa y a su escolta Jorge Díez Elorza.

Las ciudades pueden ser amables y plácidas. Algo que uno siente en Vitoria en muchos lugares, pero especialmente en la Plaza de la Virgen Blanca, el principio de todo, el final de todo. Uno de los espacios más especiales de España que conviene disfrutar una mañana soleada de invierno sentado en cualquiera de sus terrazas.

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