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El delantero anacrónico
El delantero anacrónico

El delantero anacrónico

Citius, altius, fortius. – Pierre de Coubertin

Hace algo tan sencillo como olvidado: dignificar su camiseta a base de empaparla de sudor. Tiene el mecanismo del delantero metido en su ADN: cuerpea, aguanta, juega de espaldas, se gira, se desmarca y cuando el rival se ha cansado de darle palos, le vacuna con un gol. Va camino de cumplir 35 años y, a pesar de ello, no se cansa de regalar lecciones a los niños que sueñan con la casi extinta condición de delantero. El 19 azulón está consiguiendo lo imposible: que un ariete coloque el gol en la estantería de las anécdotas. No se cansa de sacar insistentemente petróleo de situaciones en desventaja, lo que viene a confirmar las sospechas de que más que tener años, tiene experiencia.

Él se lo guisa, él se lo come. En partidos discretos, sin destacar, consiguió generar tres puntos. Su gris es capaz de convertirse en el azul más brillante para el Getafe, que vive y muere por él. Excelso una semana más, Jorge es un delantero que no necesita marcar goles para ser el mejor. Pasadas las jornadas, su especialidad se ha convertido en levantar a los aficionados del asiento. Porque en el Coliseum no hay más reino que el de este ídolo, delantero por convencionalismo y deidad por merecimiento. El Getafe es una ecuación en la que, tras despejar la X y la Y, aparece él, quien a todo le da sentido. Es por esto que el equipo azulón está jugando con un delantero años después.

Todas estas palabras, y algunas más, han pasado por esta tribuna a lo largo de la temporada haciendo referencia al actor principal aquí y en el terreno de juego azulón: con el 19 a la espalda, Jorge Molina. La referencia del Geta, la referencia de su afición. Un tipo normal. Un delantero de los que ya no quedan, de otro tiempo. De esos que están 90 minutos bregando con los centrales, luchando por alto y por bajo; de esos que juegan de cara a sus compañeros y no de aquellos que lo hacen de espaldas, esperando a que jueguen para ellos. Jorge Molina es el punto desde el que empieza y por el que termina el juego en el Getafe.

No hace bicicletas ni lambrettas; él es más arcaico, más como antes. Es alto y gana casi todo por arriba, lo que no le impide darle al balón un trato exquisito con los pies. No es especialmente rápido, pero se le ha visto ganar carreras de 30 metros a defensas rivales. Parece un delantero puro, tipo ‘tronco’, pero combina y genera fútbol como un mediapunta. Cuando al Geta le toca partido de toque, se apunta; cuando está más atascado, se dedica a bajar balones largos ya sea con la cabeza, con el pecho o con lo que tenga más a mano. Como dice uno de los más asiduos componentes del ‘pajarillo azulón’ en Twitter, se dedica a bajar lavadoras: pone su gran cuerpo entre el defensa y el balón y ya no hay quien se lo quite. Con la lavadora bajada, se pone a repartir y le entrega a sus compañeros el mejor traje, impoluto, lavado y hasta planchado. No es perfecto, pero hace cosas a la perfección.

“Más rápido, más alto, más fuerte”. Es Jorge Molina, que hace unos meses llegó siendo viejo y ahora sólo es un profesor experimentado, de los que mejoran con el paso del tiempo. Le puedes seguir, pero siempre llegarás tarde: es de otra época. Literalmente, porque mientras jugadores de su quinta ya se han retirado, él continúa como el mejor educador de la categoría, repartiendo lecciones para quien vea el puesto de delantero como el inicio de todo y no como la finalización de nada. Cada partido que juegue con el Getafe seguirá siendo un regalo, amén de un motivo para recordarle cuando ya no esté.

Manos arriba, palmas abiertas, índice y pulgar unidos formando un círculo: sonríe, que ha habido gol. Es sencillo parecerse a él, y a la vez imposible. 

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