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La búsqueda de una dinastía
La búsqueda de una dinastía

La búsqueda de una dinastía

"Si cambiara la opinión sobre mis jugadores por estos cuatro días de la Final Four sería gilipollas". Frase de Pablo Laso diez minutos después de que el Madrid consumiera, con más inercia que mentalidad, el duelo que jamás en la historia del baloncesto consoló a ningún ganador. Decepcionó el Madrid en Turquía, es una evidencia. 

Tan palmario como que lo eliminó el campeón, un equipo que se arrimó a la cita en un momento de forma colosal y que además contó con el apabullante apoyo de la grada. Este Fenerbahce es la demostración de que la interminable temporada regular, más allá de alimentar nuestro amor por el basket y nuestra necesidad de ver buenos partidos, es mucho lerele y poco lirili. Campeonó el quinto clasificado, irregular en los aperitivos pero voraz con el solomillo. Destrozó a Panathinaikos (sin factor cancha), Real Madrid y Olympiacos. La verdad es que tal y como llegaron los soldados de Obradovic también hubieran ganado a cualquier otro.

Extrañó que el Madrid no compitiera. Sí lo hizo con orgullo, pero no con baloncesto. La función se acabó con el parcial de 7-0 que colocó el 9-2 en el marcador. Los turcos se dispararon a 11-13-16 puntos de renta en varios momentos del choque y en ningún momento los blancos dieron la sensación de poder romper el plato. Apuntaban, sí, pero estaba tan lejos que se veía borroso. No era no y terminó siendo no. Una de las derrotas más incontestables de la era Laso. Cualquier equipo puede perder una semifinal continental y más con el envoltorio especial que se encontró el Madrid en Turquía. Pero lo que de verdad dolió en el vestuario y en el madridismo entendido es que el conjunto merengue careció de sus señas de identidad.

La plantilla es soberbia. Y sin embargo en general el juego es menos coral, más dependiente de Llull. Sergio es un jugador colosal, pero necesita socios. Y lo más importante, él ni puede ni debe ser el principal generador de juego de su equipo. Doncic y Ayón firmaron su peor partido del año, hasta el punto de que ambos pidieron perdón públicamente… y también sin focos. El entrenador vitoriano no estuvo fino y fue devorado tácticamente por Zeljko. Ojo, hablamos de un tipo que ha ganado 9 de las últimas 26 Copas de Europa, que lo ha hecho con cinco escuadras diferentes y que él solo exhibe tanto laurel como el club más exitoso, que es precisamente el Madrid. ¡Ah! Obradovic atesora en la vitrina de su salón dos copas más que el todopoderoso CSKA. Pues eso, que la única dinastía es la suya.

Para muchos, o como mínimo para algunos que parecen bastantes, el Real Madrid tenía que haber ganado más Euroligas en este ciclo. Los hay incluso que defienden que debería ser campeón de Europa cada año. Tras el sexto asalto de Laso, ha hecho Top 16, final, final, campeón, cuartos y semifinales. De mayo del 95 a mayo de 2011 la sección sólo alcanzó un par de Finales a Cuatro y en ambas cayó en el primer envite. Es una temeridad derivada de falta de conocimiento hablar de dinastías en el baloncesto actual. Ni siquiera se abraza a esa palabra Olympiacos, que ganó en 2012 y 2013 y ha perdido las finales de 2015 y 2017. CSKA llega cada año, pero le ha costado mucho levantar el trofeo (prórroga en Berlín hace un año). Fenerbahce viene de quedarse dos años a las puertas y ahora lo tendrá muy difícil para repetir éxito en 2018, seguro.

Desde hace más de un lustro el Real Madrid come en la mesa presidencial de la Copa de Europa. Ahí hay pocos comensales, apenas los nombrados y quizá Panathinaikos. Pero ser el número uno es muy difícil, como demuestra el hecho de que en las últimas ocho ediciones ha habido siete campeones diferentes. Acordaos cómo compareció el Madrid en el Sant Jordi en 2011, sin ninguna opción, y qué caché posee ahora en el baloncesto continental. En las entrañas de la sección se habla de una oportunidad perdida y existe el miedo racional de preguntarse cuánto va a durar el combustible del núcleo duro. Pero los mecanismos están preparados para asaltar el desafío de Belgrado 2018. Las dinastías no existen. Es la búsqueda quimérica de esa dinastía lo que mantiene a los grandes equipos en la mesa de los mejores. El Madrid sigue en ello.

     

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