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Cala celebra el gol

Está instaurándose este renacido Getafe de Bordalás en un estado de confianza que asusta: para qué jugar al fútbol pudiendo ganar por inercia. Esta nueva etapa amenaza con cambiar el fútbol conocido; llegará el día en el que el Getafe no tendrá ni que meter gol para ganar. En esas está el míster, que tiene clara la máxima: la seguridad trae la confianza. Lo que en una persona se traduce en atractivo, en un equipo de fútbol se traduce en puntos. Y no pocos.  El alicantino, que cogió al equipo penúltimo de la Liga 1, 2, 3 lo tiene ahora décimo, con los mismos puntos que los puestos de promoción y a sólo dos del segundo clasificado. El verano se acabó en agosto pero la primavera llegó en octubre.

El encuentro poco tuvo que ver con aquel enfrentamiento de Copa del Rey de hace dos meses que le costó al Getafe la eliminación, la imagen y gran parte de la ilusión generada durante todo el mercado de fichajes. Esta vez el Alcorcón no consiguió dominar ningún tramo del partido, ninguna faceta del mismo, quizás ni siquiera entrar en él. Es una de las nuevas señas de identidad de los azulones, que se están convirtiendo en un día de mal tiempo para sus rivales: primero lo ven venir gris, luego quedan contagiados de su pesadez y, al final, acaban debajo de la tormenta sin saber muy bien cuándo fue el primer relámpago.

La primera parte tuvo un protagonista por cada conjunto. En el Getafe, Dani Pacheco contó hasta tres ocasiones más o menos claras de gol en veinte minutos. En un primer mano a mano, la vaselina le quedó demasiado alta; en la segunda oportunidad, el disparo se le marchó cruzado y en la tercera, el tiro libre dio en el lateral de la red mientras la grada ya gritaba, se abrazaba y celebraba el gol. Por el Alcorcón, Iván Alejo cuajó una de las actuaciones individuales más extraordinarias que se recuerdan en el Coliseum: tras no desbordar ni una sola vez a Damián Suárez, fue sustituido en el minuto 42 y expulsado en el 43, ya en el banquillo, por empujar al linier y encararse con la grada local.

Sí sería justo reconocer que, tras el descanso, los de Bordalás dieron un paso al frente y tomaron la iniciativa del juego. Faurlín comenzó a mostrarse más y Lacen a tomar más riesgos, los laterales se sumaron al ataque y el equipo llegó a portería. La profundidad del ataque tampoco era la del Atlántico, pero sería suficiente para que el gol llegara. El Getafe lo sabía y el Alcorcón lo intuía, pero no supo ponerle remedio. Tras una primera ocasión fallada por Jorge Molina, Faurlín colgó un balón que iba con un lazo. Cala, que solo tuvo que estar allí, cruzó el cabezazo hasta donde Dmitrovic no pudo llegar. Lejos de seguir apretando, en una decisión muy del Getafe, los azulones levantaron el pie del acelerador esperando a que el tiempo pasara. Pero lo que pasó fueron un par de contras peligrosas del Alcorcón que Alberto resolvió con dos paradas de mucho mérito. Estaba ocurriendo lo que el Getafe no creía posible: el rival quería empatar.

Cuando no hubo tiempo para más (sufrimiento, se entiende), se hicieron los balances. Desde su llegada, Bordalás ha conseguido sumar 12 puntos de 18 posibles, ha inculcado una idea de juego y ha inyectado confianza en una plantilla que había pasado de favorita al ascenso a estar en 2ªB en apenas siete jornadas. No es mala carta de presentación. Decía Salvador Dalí que lo mínimo que se le puede pedir a una estatua es que no se mueva. Este ritmo de puntuación es, quizás, lo mínimo que se le puede pedir a un proyecto que ansía el ascenso.

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