Oí decir una vez a Carlos Boyero que a Francis Ford Coppola se le debe perdonar todo. Sino recuerdo mal le preguntaban por una película suya que no le había convencido y que encontraba fallida. Situación similar a la de hace unas semanas con el estreno de la tan esperada Megalópolis. Una obra que ha tardado décadas en realizar y que según la mayoría de críticos ha resultado ser una “fumada” de cuidado. Yo no la he visto, pero por lo que conozco de ella lo más probable es que cuando lo haga no me guste. Sin embargo, estoy de acuerdo con Carlos. Después haberse cascado la mejor trilogía de la historia del cine, con Coppola tenemos que saber poner la otra mejilla.
Vaya por delante, que mi favorita siempre será la primera entrega. Pocas cintas me han impresionado tanto en su primer visionado. Por la cantidad de escenas icónicas que tiene, por escuchar por primera vez la banda sonora de Nino Rota, y cómo no, por Marlon Brando. Sobra decir que, sin él, El Padrino no sería lo que ha sido para el Séptimo Arte, y es por ello que la segunda entrega siempre se me quedará un poco coja en ese sentido. Aun así, siempre he respetado a la gente que se queda con esta. Es más, incluso les comprendo. Porque tal y como titulo este post, esta vez, segundas partes sí que fueron buenas.
Estrenada dos años más tarde que su predecesora, narra de forma paralela los inicios de Don Vito y la continuación de Michael como jefe de la Familia Corleone. A primera vista, la ausencia de Brando puede resultar insalvable, pero la entrada en escena de un Robert De Niro estelar (fue su primer Óscar) hace que, en cierto modo, el espectador continúe viendo a Brando en la figura del italoamericano. Mientras que vamos descubriendo el camino que recorrió Vito en Nueva York, desde que llega de su Sicilia natal hasta que empieza a hacerse el hombre que todos conocimos en la primera entrega, seguimos con atención el mandato de un Michael aún más consolidado como Don y que lucha de forma incansable por legitimar los negocios de la Familia. Propósito que terminará logrando a un precio muy caro.
De ahí que piense que la segunda parte sea más completa, y por ende que pueda ser más atractiva para muchos. Y es que gracias a un guion más “shakesperiano” terminamos por darnos cuenta de que la trama de El Padrino va más allá de ser una magnífica representación de la Cosa Nostra. No más lejos de la realidad, termina siendo una saga que reflexiona en torno al destino que tenemos cada uno. Algo tan aleatorio como cruel que se interpone en el camino de las personas, transformando su vida para siempre.
La profundidad del asunto reside en darse cuenta de que, por mucho poder que haya conseguido tener, Michael no estaba destinado a ser el Don. Nunca quiso verse involucrado en los negocios de su padre, ni su propio padre quiso que lo estuviera. Era el diamante de la familia, el distinto, el que iba a tener un camino diferente. Siempre fue por libre y, de hecho, se alistó al ejército sin el consentimiento de su familia para defender a un país que sentía como suyo. Sin embargo, el amor que siente por su padre le lleva a tener que tomar el relevo de un puesto que siempre rehusó a ocupar y que le terminará convirtiendo en un ser frío e impasible incapaz de distinguir la Familia de la familia.
Al margen de traiciones dolorosas y asesinatos, lo que más tristeza provoca es la transformación que sufre a lo largo de las dos primeras entregas. En esta, ya poco que queda del joven Michael de la primera película. Ese que en la boda de su hermana le confesó a Kay (futura esposa y madre de sus hijos) que él no quería tener nada que ver con los negocios familiares. La comparación presente y pasado que nos ofrece Coppola es trágica. Por un lado, tenemos un pasado en donde su padre, sin tener nada, consiguió levantar un imperio sin descuidar nunca a su familia, y en la otra cara de la moneda nos topamos con un presente donde Michael no puede estar más alejado de los suyos. Todo por ocupar un lugar que nunca deseó. Sin duda alguna, una de las tramas más oscuras nunca vistas en el cine.
A destacar la sombría fotografía de un Gordon Willis que supo captar a la perfección el aura de esta entrega. En cuanto al reparto, cualquier elogio se queda corto para Duvall, Cazale, Keaton y compañía. Supongo que algún día sabremos porqué el Al Pacino más inmenso y tenebroso no fue premiado con un Óscar. Se ve que ni los Corleone consiguieron librarse de las pifias de la Academia.



