Si hay una regla de la que los seres humanos hemos podido dar fe a lo largo de los siglos que llevamos en este planeta es que detrás de todo conflicto bélico aparecen siempre un puñado de héroes anónimos. Es matemático. Y que uno los suele descubrir gracias al cine, también.
Quizá John Frankenheimer no sea el tipo del que más se acuerde la gente a la hora de nombrar a sus directores favoritos, pero lo cierto es que posee un puñado de obras que más de un cineasta desearía tener en su filmografía. Estoy seguro de que todo el que haya visto El hombre de Alcatraz o Siete días de mayo podrá corroborar esta afirmación. Y qué decir de El tren, la película que hoy nos ocupa en esta sección. Tampoco la veréis entre, los a priori, mejores films bélicos de la historia, así que, si con mi artículo consigo que la descubráis, habrá valido la pena escribir estas líneas.
Al igual que muchas otras películas de la Segunda Guerra Mundial fue rodada en blanco y negro para transmitir esa sensación de documental que tan bien le sienta a este tipo de films. En este caso, la trama va más allá de los clásicos enfrentamientos entre alemanes y aliados, y toma como protagonistas a los ferroviarios franceses que dieron sus vidas por aquellas obras de arte que el Tercer Reich pretendió llevarse de París antes de la llegada de los estadounidenses. Fue entonces cuando, maquinistas, jefes de estación y demás trabajadores se compincharon para evitar que el espolio nazi les privara para siempre de ese legado artístico que tanto representaba (y representa) para los galos.
Bajo este pretexto, nace una película frenética, llena de esas secuencias de acción que son difíciles de olvidar y con un dilema moral bastante interesante sobre el que reflexionar: ¿vale tanto el arte como la vida? Hemos presenciado debates similares entorno al sacrificio humano. Por no salirme del contexto bélico, me traslado a Salvar al soldado Ryan, donde uno se preguntaba si merecía la pena arriesgar a ocho soldados para salvar a uno. Sin embargo, aquí la cuestión es más profunda. Estamos ante unos objetos. De gran valor y únicos sí, ¿pero más importantes que la decena de personas que se van a involucrar para recuperarlos?
La lucha entre el coronel Franz Von Waldheim y el inspector de trenes “Labiche” personifica los dos puntos de vista que más de uno pondríamos sobre la mesa. Por un lado, tenemos al implacable oficial alemán (sublime Paul Scofield) que, consciente del valor monetario que podrían tener para su país, intentará llevar esos cuadros a Berlín cueste lo que cueste. Sin reparar en las vidas de sus soldados y en sus respectivos estados de salud, como se puede apreciar en la escena en la que llega a solicitar la ayuda de varios heridos que apenas se tienen en pie.
Por otro lado, Burt Lancaster (eterno infravalorado al que este año dedicaré un post) encarna lo contrario. De hecho, cuando se le comunica la misión se niega a llevarla a cabo. No comprende que unas pinturas por valiosas que sean valgan más que la vida de toda la gente que pueda caer por ponerlas a salvo y menos aun cuando se está librando una guerra y uno no anda sobrado de efectivos. Sin embargo, por solidaridad con aquellos compañeros que ven en los lienzos de Gauguin, Picasso y compañía, “La gloria de Francia”, se embarcará finalmente en el sabotaje del tren donde estos han sido depositados. Personalmente soy de su opinión, si el día de mañana tuviese que elegir entre los cuadros del Museo del Prado o la vida de mis hombres, lo tendría claro. Pero también sé que, si a alguno de ellos lo mataran por intentar recuperarlos, por solidaridad terminaría yendo detrás de ellos. Así funcionan las cosas en la guerra y también en la vida y este film lo muestra a la perfección.
Conclusión; excelente película que supone un emotivo homenaje a lo que pasó esa primera semana de agosto del 44 cuando unos ferroviarios se convirtieron en héroes. Si me permitís un consejo, no tardéis tanto en verla como he hecho yo. Junto a La gran evasión y Los Cañones de Navarone, obra imprescindible del cine bélico de los sesenta.



