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Paul Newman, la belleza masculina en su máxima expresión.
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Quince años sin Paul Newman, la belleza masculina en su máxima expresión.

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Mi madre lleva toda la vida dándome la tabarra con este caballero. Y siempre con el mismo tema. Que sí que ojos tenía, que si no ha habido otro como él, que si mírale que guapo cada vez que ponen una película suya, etc. Y así durante los diecisiete años que llevo viendo cine. Juro que he intentado llevarle la contraria, pero he llegado a la conclusión de que es una batalla perdida. Mamá, no me queda otra que darte la razón. Si algo me ha quedado claro es que no hay calco posible de Paul Newman. Fue una especie de edición limitada que nos regaló la gran pantalla (y antes la madre naturaleza) y encontrar otro como él resulta una misión tan imposible que hasta el propio Ethan Hunt tendría que rechazar.

Eso sí, que mis primeras líneas no confundan. Paul fue mucho más que una cara bonita. La Academia tardó treinta años en darle su primer Óscar, pero él ya había demostrado hace tiempo que su talento era proporcional a su belleza. La cual, por cierto, y a diferencia de muchos otros, nunca retocó a medida que se hacía mayor. Esas arrugas que comenzó a lucir a principios de los ochenta son las mismas que le acompañan en su último film, “Camino a la perdición”. Gesto que debe constar en acta, porque el envejecer con dignidad no es algo que muchos sex simbol de Hollywood hayan tenido el valor de hacer.

Formado en el Actor’s Studio, Newman consiguió algo que a mí siempre me ha parecido tan curioso como fascinante. Desconozco si fue a propósito o no, pero fue alguien que siempre combinó esa intensidad interpretativa que había adquirido, como buen actor de “método”, con el aura propia de alguien del Hollywood clásico. Era como ver a actuar a un Burt Lancaster o a un Kirk Douglas con el desparpajo de un De Niro o un Pacino de comienzos de los setenta. Puede que la película en que le vea sea la quinta de su carrera, pero siempre tengo la sensación de que lleva en ese mundo desde los años treinta.

En cuanto a registros, Paul hizo bien en buscar la variedad. Tenía talento para interpretar prácticamente cualquier papel y así lo hizo. Por eso me cuesta horrores hacer un top 3 de sus mejores films, igual que con otros grandes de este arte. Y más aún cuando todavía me faltan por ver “Largo y cálido verano” y “La leyenda del indomable”, dos de sus cintas más icónicas.

Sin embargo, como el tiempo me invita a “mojarme”, puesto que estoy escribiendo estas líneas mientras una DANA convierte mi calle en un afluente del Manzanares, voy con mis elegidas. “La gata sobre el tejado de Zinc”, “Veredicto final” y “Dos hombres y un destino”. ¿Motivos? Respecto a las dos primeras, decir que todavía no he visto a nadie ser tan atractivo y autodestructivo como Brick Pollit, ni a ninguna persona en mi vida que, aún acabada y alcohólica, pueda seguir teniendo tanta clase como Frank Galvin.

En cuanto a la última, simplemente fue donde le conocí. Y me da que el montar en bicicleta con “Raindrops Keep Fallin’ On My Head” de fondo, y el tirarse desde un acantilado junto a un Robert Redford advirtiéndole de sus escasas habilidades para nadar, son dos momentos que la mantendrán siempre como mi favorita de su carrera.

 

 

Foto de portada de Reddit

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