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Kamchatka en Polonia: Gdansk, el Báltico a sus pies
Kamchatka en Polonia: Gdansk, el Báltico a sus pies

Kamchatka en Polonia: Gdansk, el Báltico a sus pies

Alojarte a orillas del Báltico puede parecer idílico y lo es. Nuestro pequeño pueblo de pescadores, apenas a unos kilómetros de la turistiquísima Península de Hel nos ofrece tranquilidad, unas vistas preciosas a la Bahía de Puck y un silencio que no rompe nada ni nadie en nuestra casa de la playa.

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Escribo ya desde Madrid y casi me entran ganas de llorar recordando Gdansk, no porque la ciudad sea preciosa, que lo es, sino por los veinte grados de los que disfrutamos en nuestro refugio del Báltico, Swarzewo. Los cuarenta grados de Madrid y una noche en vela hacen que nuestro viaje sea ya como un espejismo.Alojarte a orillas del Báltico puede parecer idílico y lo es. Nuestro pequeño pueblo de pescadores, apenas a unos kilómetros de la turistiquísima Península de Hel nos ofrece tranquilidad, unas vistas preciosas a la Bahía de Puck y un silencio que no rompe nada ni nadie en nuestra casa de la playa.

Un paraíso en todos los sentidos, salvo que pretendas llegar a Gdansk en uno de esos días en los que la carretera que nos une con la Triciudad (Dynia, Sopot y Gdansk) se convierte en una ratonera de coches. Tan descomunal colapso de tráfico hizo que abortáramos nuestro primer intento de visita a la que fuera Ciudad Libre. Fue como recordar las vueltas a Madrid por la Carretera de los Pantanos o cruzar Aldea del Fresno hace cuarenta años.

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Las intentonas de llegar a Gdansk, nuestra Danzig de la infancia, mereció la pena. Allí empezó la Segunda Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín. La ciudad, como el resto que hemos visitado en Polonia, Cracovia, Varsovia, Torun, Zakopane y el castillo de Malbork, es maravillosa, digna de pasearse una y mil veces. Desde la Puerta Alta y Dorada hasta la Puerta Verde. Dejarse llevar por la calle Dugla en la Ruta Real que desemboca en su maravillosa plaza rectangular, con Neptuno, símbolo de la ciudad, bajo el antiguo ayuntamiento. El Muelle, sí en mayúsculas, posiblemente sea el más bonito de Europa, rojo, con la grúa medieval mejor conservada del continente. El río Motlawa sirvió de entrada a todo el comercio que convirtió a Gdansk en una ciudad rica, poderosa, única. Cada gremio, cerveceros, panaderos… tenía su puerta de acceso a la ciudad.

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Como en todas las grandes ciudades polacas el casco histórico de Gdansk también está restaurado en casi su totalidad, la catedral de Santa María, la iglesia de ladrillo más grande de Europa, el resto de templos, salvo uno, la Iglesia de San Nicolás. Se cree que los aviadores rusos que bombardearon la ciudad ocupada por los nazis sacaron a esta iglesia de sus objetivos por el respeto que había hacia ese santo hasta en la Unión Soviética.

LOS ASTILLEROS DE LA LIBERTAD

Uno de mis lugares marcados en rojo en el viaje a Polonia eran los Astilleros Lenin. Lech Walesa, el electricista que comenzó a cambiar la historia, fundó allí el sindicato más importante y determinante de la historia, Solidaridad. Siguiendo la herencia de los trabajadores que murieron allí en las huelgas de 1970 el movimiento con más de diez millones de seguidores en Polonia socavó el régimen comunista y todas las reformas que intentó en la década de los ochenta hasta conseguir unas elecciones libres y ganarlas. Los Astilleros Lenin son ahora un monumento a la lucha por las libertades. Merece la pena entrar en el edificio que sirve como museo y sala de exposiciones. Como también mereció la pena entrar en la modesta tienda que se encuentra a la derecha de lo que era la antigua entrada de trabajadores. Entre docenas de productos un tanto casposos la abuela que intenta venderlos fue testigo directo de todo lo que ocurrió allí y del fin del comunismo en Polonia. Algo que se deduce, si no sabes hablar polaco, viendo las fotos que tiene colgadas en su pequeño refugio.

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http://footage.framepool.com/es/shot/318428404-lech-walesa-astillero-lenin-solidarnosc-movimiento-sindical

LA PENÍNSULA DE HEL EN BICI

Por fin encontramos un lugar en el que alquilar bicicletas. Fue en la salida de nuestro vecino Wladislawowo en dirección a Hel, no esperábamos que fuera un local sofisticado pero tampoco un solar al descubierto con las máquinas en el centro. A cargo del negocio un paisano con toda la voluntad del mundo, pero como una gran mayoría de sus paisanos, inglés a cuenta gotas. Siendo la zona turística más importante del país no hay prácticamente carteles en otros idiomas, el inglés solo lo manejan y no de forma fluida los jóvenes. Salvo en las grandes ciudades no nos hemos encontrado con turistas, tanto Hel como Zakopane, en los Cárpatos, son destinos nacionales en los que un grupo de españoles pueden hacer que niños polacos abran los ojos como platos ante nosotros.

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Aunque las localidades que sirven de parada y descanso no sean estéticamente las más bonitas de Polonia, incluso Hel puede llegar a pecar de gran turistada, con foquiario incluido, el recorrido en bicicleta por el Parque Natural Slowinsk hizo que nuestra jornada fuera una de las más especiales del viaje. Treinta y cuatro kilómetros de pedaladas a través de un carril bici con vistas espectaculares a la Bahía de Puck. Paisaje que cambia a lo largo del año en el que las dunas pueden desplazarse hasta nueve metros. Cruzando las vías del tren que recorren toda esta lengua formada por arena pudimos caminar por larguísimas playas de arena blanca que en un día nublado todavía lo son más. El Báltico se abrió ante nosotros.

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