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La felicidad de la tierra de Manu Leguineche

No sé si La Alcarria me llevó a Manu o al revés. Lo cierto es que después de visitar su último campamento, Brihuega, me lancé a leer su libro La felicidad de la tierra. Demasiadas crónicas de guerra vistas y leídas, pero pocos libros suyos en la buchaca de lecturas. De hecho, hasta el momento solo lo había hecho con Yo te diré… o su relato sobre los Héroes de Baler, más conocidos como los Últimos de Filipinas.

La curiosidad que despertó en mí desde mi infancia, gracias a la película del mismo nombre, me llevó a leer la crónica de aquella hazaña en la narración de Leguineche. Fue como verle o escucharle en directo relatando una de las páginas de la historia española desde el lugar de los acontecimientos, como siempre.

Mis recuerdos de él van unidos a la primera tele que tuvimos en casa allá por la década de los 70 del siglo pasado. Me parecía inconcebible que ese señor con bigote o sin él y con cara de muy buena persona siempre saliera inmerso en paisajes con humo al fondo y con disparos como sonido ambiente a su alrededor. Era como ver Objetivo Birmania y Murieron con las botas puestas a la vez, pero con un protagonista a la española con un físico muy poco vasco.

La Alcarria de Brihuega

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En muy pocas ocasiones un libro, La felicidad de la tierra de Manu Leguineche, me ha enseñado tanto. Se ha convertido casi en un libro de texto con cientos de anotaciones en los márgenes. Cada página es un legado de periodismo, de vida en la guerra y en la paz.

Viajero impenitente, incansable, Manu Leguineche nos muestra el lado más humano del periodismo. Mezcla historias de niños hutus olvidados con los cantos del cuco. Un imposible hecho realidad con la alternancia de héroes anónimos en Vietnam, Los Balcanes, Oriente Medio, Centroamérica y África con los de su Alcarria. Todos son protagonistas de sus historias, no hay vecino sin ella. Refuerza mi filosofía de que todo el mundo tiene su cuota de interés y que solo, se dice pronto, hay que saber contarlo y en eso, Leguineche, era un maestro.

Bromeaba hace poco con mis amigos diciendo que las páginas del libro, todas, tienen mis restos de baba porque le he envidiado profundamente en todo, en su forma de hacer periodismo y en su forma de hacer vida. Le he envidiado por sus viajes, por su forma de volver a la tierra y al origen de todo: la sencillez de ver pasar las nubes. Le he envidiado por su forma de escribir, describir, citar, leer, enseñar. Le he envidiado hasta sus guerras y esos segundos que pudieron costarle la vida.

Fue, miró, habló y contó. El periodismo en su mínima, en su máxima expresión.

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